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domingo, 14 de enero de 2018

la estrella de la amargura

Hace poco Netflix estrenó Wormwood (término inglés para "ajenjo", que en los textos bíblicos es metáfora de amargura), una serie de seis episodios dirigida y creada por el gran documentalista Errol Morris. Wormwood, además de ser uno de los mejores documentales acerca de cómo se crean mentiras para proteger secretos de estado, es también una serie (o un extenso docudrama, como se dice en inglés) sobre una persona, Eric Olson, el hijo de una de las primeras víctimas de los proyectos secretos de la CIA, cuando la central de inteligencia estadounidense desarrollaba proyectos de interrogación y control mental al tiempo que impulsaban una guerra bacteriológica en Corea. La voz de Olson hijo se corresponde aquí con la de otro hijo, George Burchett, cuyo padre fue un distinguido periodista australiano que tuvo el mal tino de narrar los experimentos de armas bacteriológicas estadounidenses sobre Corea desde el lado chino, a principios de los 50, lo que le valió el mote de traidor, la desacreditación y el retiro de su ciudadanía australiana. Burchett descubre fugazmente una foto de su padre en el documental y se pone a hilar recuerdos y conjeturas en esta nota publicada en CounterPunch, una de esas encantadores publicaciones de la izquierda estadounidense, que traducimos acá: "Wormwood and a Shocking Secret of War: How Errol Morris Vindicated My Father, Wilfred Burchett" (Wormwood y un impactante secreto de guerra: cómo Errol Morris reivindicó a mi padre, Wilfred Burchett", por George Burchett)

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Vemos una pared forrada en un turbio papel tapiz con flores marrones y una puerta con una mirilla, y el número 1018A. Un hombre está hablando por teléfono. Dice: “Nos vemos mañana. Te amo, Alice”. La cámara se aleja y revela a otro hombre, sentado en la cama doble al lado del primero. Fumando un cigarrillo y ve una pelea de boxeo en un viejo televisor blanco y negro. El primer hombre se levanta y apaga el televisor. Regresa a su cama y comienza a leer un pasaje de la Santa Biblia que sostiene en sus manos:
“Y el tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una grande estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó en la tercera parte de los ríos, y en la fuente de las aguas.
“Y el nombre de la estrella se dice Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas fue vuelta en ajenjo: y muchos hombres murieron por las aguas, porque fueron hechas amargas.” (Apocalipsis; 8, 10 y 11; versión de C. de Reina, C. de Varela. N. del T.)
Alguien intenta abrir la puerta de la habitación del hotel. El primer hombre se acerca a la puerta y echa un vistazo por la mirilla. Sale al pasillo. Nadie. Regresa a la habitación.
Estalla una ventana. El primer hombre la atraviesa de cabeza y comienza a caer en cámara lenta, mientras Perry Como canta “Otro amor no tengo, solo este amor por ti”, y empiezan los créditos iniciales.
Es decir, estamos atrapados en Wormwood (“wormwood” es el término inglés para “ajenjo”, planta a la que metafóricamente se alude en la Biblia para referirse a la amargura; n. del t.), el fascinante documental dramático en seis episodios de Errol Morris.
Leemos 1953 en la pantalla y una voz pregunta: “¿Qué le dijeron en el momento de la muerte de su padre?”
Un anciano de ojos azules responde: “Me dijeron ‘Tu padre tuvo un accidente. Cayó, o saltó por la ventana. Y murió’.”
La voz que hace la pregunta es la de Errol Morris. El hombre que le contesta es Eric Olson, el hijo mayor de Frank Olson, el hombre que se cayó o saltó desde la ventana del piso 13 del Statler Hotel en Nueva York, a las 2.33 a.m. del 28 de noviembre de 1953.
Frank Olson era un científico que trabajaba en el programa secreto de armas biológicas en Fort Detrick, Maryland, una instalación de investigación militar de los EE. UU. También estuvo muy involucrado en dos programas secretos de la CIA. Uno, llamado en código Artichoke, desarrollaba técnicas especiales de interrogación. El otro, llamado MKUltra, trataba de experimentar con métodos de control mental, incluido el uso de LSD.
Wormwood cuenta la historia de la investigación que hizo toda su vida Eric Olson sobre la muerte de su padre. ¿Se cayó? ¿Saltó? ¿Lo empujaron? ¿Fue un accidente? ¿Un experimento de control mental salió mal? ¿Fue un asesinato? ¿Fue una ejecución?
Para llegar a la verdad, Wormwood también recrea los últimos diez días de la vida de Frank Olson. Por lo tanto, a los 18 minutos del primer episodio Frank Olson será conducido a un albergue junto al lago para una reunión con sus colegas de Fort Detrick y la CIA. Enciende la radio del automóvil y la voz del locutor de las noticias dice:
“Las películas que recién se conocen desnudan la impactante verdad detrás de las acusaciones comunistas de guerra bacteriológica en Corea y las llamadas confesiones de aviadores estadounidenses capturados. Las películas confiscadas muestran las conferencias de la prensa roja en las que los aviadores capturados admitieron que arrojaron bombas bacteriológicas en territorio civil, declaraciones transmitidas por la máquina de propaganda comunista en todo el mundo e incluso llevadas a los pasillos de las Naciones Unidas. Estas confesiones son la base de una flagrante sinfonía del odio...”
A medida que la voz habla, aparece brevemente en la pantalla ese metraje. Lo reconozco. Rebobino y pongo en pausa el episodio. El hombre de la extrema derecha con la camisa blanca es mi padre, el periodista australiano Wilfred Burchett.
He visto este metraje antes. Es de un rodaje chino de 1952 en el que se registra: “Los aviadores estadounidenses capturados Kenneth L. Enoch y John S. Quinn, interrogados por la Junta interrogadora de especialistas coreanos y chinos y corresponsales de prensa” en el que los dos aviadores repiten lo que ya habían dicho en sus “confesiones voluntarias”: que EEUU estaba librando una guerra bacteriológica en Corea y que personalmente habían arrojado bombas de bacterias. De hecho, el “interrogatorio” se parece más a una conferencia de prensa y, como dice la voz en off, “Wilfred Burchett, corresponsal del Ce Soir de París, también se unió al trabajo del grupo por invitación”.
Otras imágenes, usadas más tarde en Wormwood, muestran a la Comisión Científica Internacional, dirigida por uno de los científicos más distinguidos de Gran Bretaña, Joseph Needham, un miembro de la Academia Británica, que viajó a China y Corea para investigar las acusaciones y asistió al “interrogatorio” de los pilotos estadounidenses capturados.
Captura de pantalla, en Counterpunch.

Déjenme que congele este momento histórico en el que dos narraciones convergen desde lados opuestos de la Guerra de Corea y de la Guerra Fría.
Mi padre, el periodista Wilfred Burchett, fue acusado por el establishment conservador australiano de inventar la historia de la guerra bacteriológica, de torturar a prisioneros de guerra aliados, incluidos australianos, para lavarles el cerebro y extraer confesiones. Fue acusado de traidor y se le negó la ciudadanía australiana durante 17 años. Estas acusaciones se repiten hasta el día de hoy. Lo que es seguro es que informó sobre el conflicto desde el lado norcoreano-chino.
Cuando se anunciaron las negociaciones de alto el fuego de la Guerra de Corea en julio de 1951, se encontraba en China recogiendo material para un libro. El periódico francés Ce Soir le pidió que cubriera las conversaciones por ellos. Se esperaba que duraran tres semanas, pero terminaron durando dos años y medio. Entre muchas otras historias, también informó e investigó las denuncias hechas por los chinos y norcoreanos de que los Estados Unidos habían utilizado la guerra bacteriológica. Así como fue el primero en informar sobre los efectos de la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima, y ​​así como fue uno de los primeros en acusar a los EEUU de utilizar defoliantes químicos en Vietnam, hechos que nadie niega ahora. La mayoría de la gente oyó hablar del agente naranja y sus devastadores efectos sobre los humanos y el medio ambiente. Pero el uso de armas bacteriológicas en Corea sigue siendo un tema controvertido.
El sujeto de Wormwood, Frank Olson, estuvo involucrado en interrogatorios secretos de la CIA y experimentos de control mental. También estaba trabajando en programas de guerra bacteriológica para los militares de EEUU en Fort Detrick. Como dice Eric Olson en la serie: “Esta fusión de cosas, armas biológicas por un lado, operaciones encubiertas por el otro, fue lo que unió a Fort Detrick y la CIA. Y mi padre estaba en el centro de eso. Podría decirse que estuvo en el lugar más peligroso de toda la Guerra Fría”.
Su madre le había dicho que su padre estaba muy enojado por Corea. Como le dice a Morris: “Ella pensó que estaba seguro de que Estados Unidos había usado armas bacteriológicas en Corea. Estaba muy molesto y enojado porque Estados Unidos lo negaba constantemente”. Y cuando el cuerpo de su padre vuelve a ser enterrado después de la exhumación, Eric declara: “Frank Olson no murió porque era un conejillo de Indias experimental que había atravesado un mal viaje. Murió por temor a que divulgara información sobre un programa de interrogatorio de la CIA altamente clasificado llamado Artichoke y sobre el uso de armas biológicas por parte de Estados Unidos en la Guerra de Corea”.
Así que el científico Frank Olson, que trabajó en el desarrollo de armas biológicas para los militares estadounidenses y los programas secretos de interrogatorio y control mental para la CIA, estaba convencido de que los EEUU estaban llevando a cabo una guerra con bacterias en Corea. Estaba tan atormentado por esto que la CIA temía que revelara sus secretos más oscuros. Y lo mataron. Lo arrojaron por una ventana y afirmaron que era un suicidio.
Hasta el día de hoy el gobierno de los Estados Unidos minimiza las acusaciones de guerra bacteriológica como propaganda comunista. Algunos estudiosos sostienen que Stalin, Mao y Kim Il-sung inventaron el “engaño” de la guerra bacteriológica para socavar la imagen de los Estados Unidos y sus aliados a los ojos de la opinión pública mundial.
¿De veras? Tengo en mis archivos una carta de Joseph Needham a mi padre, fechada el 23 de febrero de 1969. Dice: “Estoy totalmente de acuerdo con tu formulación de ‘experimentación a gran escala en sistemas de entrega’, básicamente vectores de insectos, y de ninguna manera he cambiado mi opinión desde que se emitió el informe. Ni, hasta donde yo sé, ningún otro miembro de la Comisión Científica Internacional expresó dudas sobre los hallazgos”.
Wormwood está meticulosamente diseñado y cada imagen, cada cuadro es significativo, como una pintura magistral donde cada pincelada está en el lugar correcto. Así que me pregunto por qué Morris incluyó a Wilfred Burchett en su película, aunque solo sea por unos segundos. La película de la que se extrajo ese segmento lo presenta claramente como Wilfred Burchett, corresponsal del Ce Soir de París. No creo que se deje nada al azar en Wormwood.
Entonces me permitiré algunas especulaciones. Sólo otro periodista aparece en la película: el legendario cronista de investigación Seymour Hersh. Primero informó sobre el caso Frank Olson en 1975, después de que la Comisión Rockefeller sobre las actividades ilegales de la CIA concluyera que Olson había saltado a la muerte debido a un experimento de la CIA con LSD que salió mal. La CIA se vio obligada a admitir su responsabilidad. El presidente Ford invitó a los Olson a la Casa Blanca y se disculpó. También recibieron una compensación monetaria después de que acordaran terminar con el asunto. Hersh también aceptó las conclusiones de la Comisión Rockefeller y no las llevó más allá.
Pero Eric Olson quería saber qué sucedió exactamente en esa habitación del hotel de Nueva York el 28 de noviembre de 1953. Así que siguió cavando, literalmente. En 1994, hizo exhumar el cuerpo de su padre. Por alguna razón, el cuerpo había sido embalsamado y estaba notablemente bien conservado. Un equipo de patólogos forenses, dirigido por el destacado científico forense James Starrs, no encontró rastros de laceración de cristales rotos en la cara, lo que contradice el informe médico original. Pero hubo evidencia de un fuerte golpe en la cabeza de un objeto duro. Así concluyeron que Frank Olson no saltó, sino que había sido ultimado. Lo describieron como “el asesinato más sucio”.
En 1997, el Manual de Asesinato de la CIA fue lanzado con un tesoro de documentos relacionados con el golpe en Guatemala. En su primera edición, la de 1953, Eric Olson, sentado en la mesa de la cocina desde donde vio a su padre por última vez, leyó que el método preferido de asesinato de la CIA era empujar a alguien fuera de un edificio alto o por una ventana. Como él dice: “El verbo finalmente llegó, después de todos estos años. No fue FALL (caída), no fue JUMP (saltar), no fue DIVE (hundir). El verbo es DROP (arrojar).” Y antes de arrojar al sujeto, era conveniente darles un golpe en la cabeza para dejarlos inconscientes”.
Ahora estaba convencido de que la caída inducida por LSD era una distracción deliberada de la historia real. Pero, ¿cuál era la verdadera historia, entonces?
La respuesta fue proporcionada por un ex colega de su padre y viejo amigo de la familia. Un artículo del New York Times de 2001 sobre el caso lo llevó a deslizarle a Eric Olson una nota: “Eric, tenés razón en todo, excepto una cosa. El contexto histórico. Tu padre se había convencido de que Estados Unidos estaba usando armas biológicas en Corea y estaba enojado”.
Si Frank Olson hubiese creído que se usaron armas biológicas, sería muy difícil desacreditarlo. Entonces la CIA tuvo que actuar.
Para 2014, Eric Olson había reunido evidencia suficiente y convincente para demostrar que su padre fue asesinado por la CIA. No fue un accidente, no fue un experimento que salió mal, sino una ejecución planeada y a sangre fría.
Llevó su evidencia a Seymour Hersh y le pidió que la publique. La historia del LSD era un señuelo para desorientar a todos. Hersh fue inicialmente reacio a revisitar un caso que debería haberse cerrado hace mucho tiempo pero, desafiado, acuerda contactar a uno de sus informantes, su “garganta profunda”. Su contacto le proporciona la información que desea. Pero Hersh no puede revelarlo. No publicará la historia, debe proteger sus fuentes.
La verdad sobre la ejecución de Frank Olson por la CIA sigue encerrada en alguna bóveda profunda. El periodista de investigación más famoso del mundo ha alcanzado los límites de lo que el periodismo puede hacer. Como le dice a Morris: “El hecho de que no se logre el cierre en este asunto será de gran satisfacción para la CIA. A los viejos cronistas les encantará. La artesanía ganó. ‘Nos salimos con uno. Aunque algunas personas pueden saber lo que sucedió, ¿y qué? Nadie más lo hace’“.
Es un momento de cinismo que quita el aliento. ¿Debería permitirse que la CIA continúe con sus actividades criminales solo para proteger las fuentes de Seymour Hersh? ¿Debería la verdad sobre la guerra de gérmenes enterrarse para siempre detrás de un escudo de negación?
Eric Olson termina con una nota amarga: “Wormwood (ajenjo). Todo es amargo”.
Me gustaría citar a Wilfred Burchett aquí: “Creo que como periodista, hay una gran responsabilidad, en particular los periodistas que informan sobre asuntos internacionales, como lo hago yo, para obtener los hechos correctos y para estar absolutamente libres de cualquier doctrina o de cualquier dispositivo óptico ideológico. Para ser libre y realmente buscar la verdad, obtener la verdad y publicar la verdad” (en Public Enemy Number One, una película de David Bradbury, 1980).
Wilfred Burchett dijo la verdad sobre la Alemania nazi cuando el gobierno australiano estaba cortejando a Hitler y ayudando a armar el Japón imperial. Dijo la verdad sobre Hiroshima, como el primer corresponsal occidental en informar desde la ciudad un mes después de que la bomba atómica cayera. Informó sobre la verdad sobre la guerra bacteriológica en Corea y el uso de defoliantes químicos en Vietnam y las muchas otras atrocidades de ambas guerras. Nada de esto lo hizo querido a los gobiernos australianos o estadounidenses de la época. Fue acusado de traición, se le negó el pasaporte australiano, fue vilipendiado y todavía es vilipendiado como propagandista comunista, agente de la KGB, etc.
Entonces, señor Hersh, lo desafío a que nos cuente la verdad sobre el asesinato de Frank Olson por parte de la CIA, sobre la guerra bacteriológica en Corea y los otros oscuros secretos que llevaron a su eliminación por parte de la CIA. Se lo debes a su hijo Eric y al resto de nosotros. Usted dice que sabe la verdad, así que por favor compártalo con nosotros.
Me gustaría agradecer a Errol Morris por contar esta importante historia de una manera tan brillante, magistral y convincente (y por incluir a mi padre, no importa cuán fugazmente, en la narración). Es un cineasta que ha pasado la mayor parte de su carrera examinando cómo el cine y la fotografía revelan y ocultan la verdad y la realidad, y en nuestra época, tan obsesionado con la idea de las noticias “falsas”, su trabajo resume el “zeitgeist”.
Y quiero expresar mi admiración y profunda estima por Eric Olson y su insidioso amor por su padre, por buscar la verdad sobre su muerte y por desvelar las capas de engaño que protegen el oscuro secreto en el corazón del asunto. Espero que un día la amargura desaparezca, se divulgue el secreto y prevalezca la luz sobre la oscuridad.


George Burchett es un artista que vive en Hanoi.