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martes, 20 de octubre de 2015

dos libros póstumos

En diciembre de 2004 Edgardo Zotto le contaba a Osvaldo Aguirre, en una entrevista publicada en el suplemento Señales, que había dejado al política, en 1989, para dedicarse a la escritura y para apartarse del menemismo, que había copado la escena. Hasta entonces había pasado por varios cargos en el gobierno de Víctor Reviglio: subsecretario de gobierno, de Seguridad Social, secretario de Seguridad Pública y ministro de Gobierno. Fue el funcionario que puso la cara ante la prensa cuando Rosario vivió los saqueos de 1989.
“Escribo desde muy chico, pero como una cosa secreta, clandestina”, decía en esa entrevista. Su primer libro, Memoria de Funes, apareció en 1998: el título es un juego para lectores en el que se mezcla aquél conocido cuento, “Funes el memorioso”, y los recuerdos de la quinta que Zotto tenía en Funes. Desde entonces y hasta su muerte publicó media docena de libros, todos de una poesía breve, alusiva e introspectiva, en la que un detalle íntimo es capaz de iluminar una esquina, una calle, una ciudad.
Edgardo murió a fines de 2014. El año anterior una dolencia que apareció súbitamente le quitó días de su memoria y a partir de entonces se abocó a la tarea de completar sus libros de poesía. Culminó Lo que sé del fuego, que en 2014 salió publicado en Mansalva y Mayo del 68 y Diario del regreso, que la editorial Iván Rosado publicó de forma póstuma este año y en los que colaboraron, respectivamente, Osvaldo Aguirre y Sonia Scarabelli.

“Tengo veinte años,/ mi padre está muriéndose”, comienza el poema “Mayo del 68”, que a su vez da título al último libro que Zotto concluyó en vida. No es una casualidad que un hombre que tuvo una vida pública vinculada a la política titule su libro con esa ambigüedad: el descomunal acontecimiento que llamamos Mayo del 68 –con su epicentro en Francia y ecos occidentales– se disuelve en esa escena íntima en la que el joven del poema acompaña a su padre en su lecho de muerte.
Los poemas de Mayo del 68 recuperan la memoria personal de la familia, desde el abuelo que lee las cartas que llegan de Italia a los paisanos analfabetos a los juegos de juventud en las calles del barrio en la zona sur de Rosario. Mezclado con lecturas e influencias que llegarían con la madurez, como la del poeta Aldo Oliva, a partir de cuyo encuentro rememora a un tío y, a partir de allí, anota una línea que podría leerse como el ars poetica de Zotto: “Una infancia ardua/ que sólo el tiempo fue capaz de embellecer”.
Diario del regreso, en cambio, es un libro que Zotto escribió en paralelo a Mayo, según lo relata Sonia Scarabelli, quien ordenó los poemas del volumen. Muchos de esos poemas fueron escritos en un cuaderno espiral de tapas azules que una de las hijas le llevó a Zotto durante su primera internación. Por eso el poeta había agrupado esos textos bajo el título Diario del colapso.
Cierto, la circunstancia ominosa que trae el título –es el regreso de la internación, es el intermezzo entre una vuelta y la partida sin regreso– ilumina estos textos con una luz cenital, así los poemas se leen también en la sombra que proyectan.
El texto que acompaña la contratapa está firmado por Diana Bellessi y recuerda el único encuentro con Zotto, al que abrazó con la amistad que ahora perdura en la poesía. Tampoco es casualidad: Bellessi es quien nos enseñó a rezar junto a un lecho de muerte en La edad dorada. Hay un esbozo de gracia y piedad que Zotto ensaya con recursos mínimos y totales. Leemos en “Gloria”: “La noche laica,/ devota de la Virgen de Fátima,/ que Viene del Fisherton pobre,/ lee y, muy alta la madrugada,/ me dice: ‘Duerma, Edgardo,/ sólo tiene/ que cerrar los ojos y dormir’./ Le digo: ‘Lo hago,/ pero no me duermo’./ ‘Pídale a Dios’, me dice./ ‘No me contesta’, digo./ ‘Él no habla, obra’, dice./ Y me duermo.”
En el poema final que da título a su libro “Lo que sé del fuego”, Zotto anotaba: “y acá estamos otra vez/ asombrados de esta proximidad”. La poesía de Zotto explora esa sabiduría: la del permanecer cercano.
Diario del regreso y Mayo del 68 se presentan este sábado (24 de octubre) a las 19 en Club Editorial Río Paraná, en Catamarca 1427 local 9.

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