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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 23 de agosto de 2013

un libro redondo



El libro Redondos, a quién le importa se presenta como una “biografía política de Patricio Rey” y cumple. En 220 páginas recorre el tránsito de la banda entre principios de los 80 y la separación en 2001. Pero el artilugio de los autores, el rosarino Ezequiel Gatto y los porteños Ignacio Gago y Agustín J. Valle (historiadores, filósofos, periodistas, jóvenes), que firman como el colectivo Perros Sapiens, es la construcción del sujeto “Patricio Rey”. Escriben: "Patricio Rey es el mito de que alguien puede apadrinar los berretines de una libertad grupal, que se basta pequeña y efímera pero cuya intensidad puede crecer con trascendencia inmensurable. Alguien excelso, de jerarquía redoblada –patricia y monárquica–, para atizar encuentros en torno al principio ordenador del placer, con el mandato de perder la forma humana y un concepto regente de fiesta”. Y rematan: “Un Rey que no es otra cosa que el nombre genérico de la multitud reunida, efecto transcorporal del encuentro”.

De ese modo, Redondos, a quién le importa, no es una suma de datos y anécdotas sobre la banda, sino la lectura, divida en tres partes (“Figuras”, “Historia” y “Apropiaciones”), de esa porción de la historia (el retorno a la democracia, los 90 y el 2001) en la que Patricio Rey viene a poner, antes que una interpretación, el cuerpo; viene a hacer cuerpo esa historia. Con esa escritura y esa tesis brillante colabora también el “ánimo” (término pródigo en el libro) de los autores, también ellos seguidores de la banda, ponen el cuerpo en estas páginas.


Editado por Tinta Limón, editorial autogestiva que se propone fundadora de una “nueva clandestinidad” y cuyo catálogo abunda en lecturas y construcciones a partir del quiebre histórico de Diciembre de 2001, Redondos es a la vez un libro sobre ese hiato, ese hueco histórico que significó el fin de la posdictadura –el fin de la telenovela neoliberal, la caravana de los muertos vivos, es decir, los excluidos de la década del 90. Escriben: “Patricio Rey fue una de las trincheras a la verdad de la época”. Y agregan, luego de una descripción tomada del blog Lobo Suelto de los enfrentamientos entre jóvenes y policías represores durante el último diciembre del gobierno de la Alianza que encabezó Fernando De la Rúa: “Los Redondos como tipo de sensibilidad autónoma y clave de ocupación del espacio público (clave autogestiva y ácrata) que eclosiona en 2001”. Y también: “No decimos que Patricio Rey haya sido una causa de 2001; decimos que fue uno de sus primordiales cauces: afluente de una ola que venía a inundar lo social con su sentido y su fuerza. Espacio de gesta, de politización de lo proto-político. Es evidente que las escenas callejeras de diciembre de 2001 eran más parecidas a una escena de un recital de los Redondos que a una manifestación política; el aguante callejero contra la cana, los saqueos, la desobediencia a la autoridad, el desprecio por las instancias de representación.”

Es que en esta “biografía política” lo que se biografía es, específicamente, lo político: no sus figuras institucionales y anecdóticas, sino su esencia sensible, los modos en que se habita la ciudad (del griego “polis” proviene política –como señalara Giambattista Vico en su Ciencia Nueva–, pero también “polemos”: guerra).

“Los Redondos, entonces –escribe Perros Sapiens–, son un sitio de preservación de lo político durante la posdictadura. Sobre todo si pensamos los noventa como período de posdictadura plena. El alfonsinismo osciló en torno a ilusiones, esperanzas, intentos fallidos y titubeos, y la década menemista fue la totalización «legal» del proyecto de la dictadura (podríamos decir «su acabada»)”.

Los autores desbrozan entonces las distintas escenas de ese lapso en el que los Redondos crearon una nueva clandestinidad (lejos de las distintas pantallas de la época, desde la televisión al aparato publicitario, desde la cancha mundialista de River Plate a los recitales en Capital Federal) y dieron cuerpo a Patricio Rey. Llegan con su lectura, es decir, llegan a la escena a la que ellos mismos le pusieron su cuerpo como seguidores de la banda, a la contemporaneidad: desde los tuits entre Carlos Indio Solari y Aníbal Fernández hasta la musicalización del acto de recuperación de la fragata Libertad con el tema de los Redondos “Juguetes perdidos”. Pero no es un grupo musical lo que se busca en esas páginas, sino el sujeto que se ha construido en torno a ese grupo, Patricio Rey. Y Patricio Rey sale indemne de esos “detalles”, de esas acciones personales que vienen retorcer o desviar la gesta. Escriben: “Así como Los Redondos no se quebraron con la Dictadura porque nunca compitieron con el Estado, tampoco se quedaron vacíos en los noventa porque nunca creyeron en la esperanza de los ochenta. No llegaron a los noventa bañados en desilusión. Siempre un reservorio, un nosotros autoconstituido y permeable, unos parámetros estratégicos asentados en habitar su tiempo y, a la vez, fugar de lo que la época tenía para ofrecer”.
En su libro La corrosión del carácter (las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo), Richard Sennett señalaba que “el nuevo capitalismo es un régimen de poder ilegible”. En el libro que nos ocupa, Perros Sapiens van tras un modo de hacer legible a Patricio Rey –el sujeto histórico y social–, sin renunciar a ninguna de las partes de su cuerpo político. También, las etapas que atravesó la banda hasta constituirse en ese gigantesco aparato de práctica política. Analizan temas, por ejemplo, “Un ángel para tu soledad”: “una propuesta de Patricio Rey para bautizar lo que ya es una realidad; la fiesta pagana ricotera tiene componentes propios de una religiosidad: la energía, la intensidad, la congregación de fuerzas, la peregrinación rutera y nocturna, los cánticos-plegarias, los símbolos, los cuerpos en estado de éxtasis, el culto a nuestros muertos, lo sagrado. Una religión especial que incluso se permite tener su propio infierno (mundano y encantador)”. Analizan momentos, por ejemplo Cromañón, la muerte de Walter Bulascio. Analizan el “sentido”, aquella fulgurante concepción del sentido encarnada en un poema de TS Eliot de 1943: “Tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido. Acercarnos al sentido restaura la experiencia, de un modo diferente, más allá de cualquier sentido”.


Todo un palo (fragmento)



«Pero “Todo un palo” no sólo es una constatación del cambio de pantalla (agotamiento de los relatos históricos más o menos unívocos y lineales) y una afirmación de lo que está sucediendo (sin queja nostálgica ni idealismo esperanzador). Hay algo más, un gesto más radical aún: hay que olvidar el futuro, pensar sin futuro. El futuro ya no está allá adelante, al final del arco iris, sino que es cosa del pasado (llegó hace rato). Hay que pensar sin futuro; que no es lo mismo tampoco a vivir en el celebratorio, liviano y no culpógeno presente absoluto posmoderno (un aquí y ahora siempre igual a sí mismo, pura repetición). El pensamiento sobre el futuro está agotado. “El futuro es nuestro” en el guevarismo de los 60; “No hay futuro” en el nihilismo punk de los 70; “El futuro llegó hace rato” para los 80. Los Redondos se meten en la conversación sobre el futuro, pero para patear la mesa, sacarse de encima su peso.

«En las ocasiones en que Los Redondos han tocado “Todo un palo” en vivo, en la frase “hace rato” el Indio hace un gesto con la mano como sacándose de encima algo (un lastre pesado). Puede haber resignación (el gusto agrio de la derrota; probablemente batallas en las cuales el Indio no participó pero en las que sí vio alistarse a compañeros y amigos), pero sobre todo, hay aceptación del nuevo escenario poshistórico, y voluntad de no enredarse más en debates reactivos.

«”Yo voy en trenes, no tengo adónde ir”. Habitualmente se interpreta esta frase como una contestación al tema No voy en trenes de Charly García (ícono oficial de los 80 y de las décadas que vendrán). Si uno quiebra y canta “No voy en tren, voy en avión, no necesito a nadie alrededor” decantándose por la forma de vida individual, el Indio replica con una frase sobre la desorientación y el nomadismo, “voy en trenes, no tengo adónde ir”. Enunciado que, como veremos, será recibido como maná por el “nuevo público”: la frase conecta a nivel sensible con las generaciones del 90 y del 2001/02. Junto al “adonde me lleva la vida” de La Renga, son verdaderas citas sobre la precariedad y la deriva –sí, en banda– de al menos dos generaciones (…)

«Si “No voy en tren” (Charly García) es un tema de la derrota (y de la asunción de un plano aéreo, divinizado, sin contacto con lo corpóreo y lo mundano, un nuevo ideal ascético), “Todo un palo” (Patricio Rey: “yo voy en trenes, no tengo a dónde ir”) es un manifiesto para la resistencia. Que no tendrá un destino aéreo, sino que pegará abajo, con los pies en la tierra (en el under, pero más aún en los barrios). Patricio Rey declara su voluntad de pensar a partir del sufrimiento de los otros, de pensar desde el cuerpo que siente a los otros (“tu belleza empieza a abrirse paso ¡nene!”). Y, como veremos, nunca perderá esa ética: “ya sufristes cosas mejores que estas”, se dirá en otro tema para los pibes. Pero el “yo voy en trenes, no tengo adónde ir” soporta también otra interpretación. El tren es uno de los símbolos del desarrollo de las fuerzas productivas de la modernidad, y por ende, de la fe en el progreso material de la sociedad industrial. Sin embargo, luego de esa coma, toda la arquitectura discursiva de los industrialistas utópicos modernos puede desmoronarse: no hay adónde ir. La razón moderna ha extraviado el sentido”.»


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