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sábado, 13 de noviembre de 2010

la serie del imperio

Boardwalk Empire puede traducirse como Imperio de los tablones; el boardwalk del título refiere a los tablones de madera con los que estaban hechas las veredas de la antigua Atlantic City, meca del juego a principios del siglo 20, donde está ambientada la serie que lleva ese nombre y se estrenó en HBO a fines de octubre. En Argentina, donde tiene un título poco sutil: El imperio del contrabando, dejando afuera el ambiguo sentido de boardwalk, en el que se sugiere la debilidad y la familiaridad de ese imperio ya desvanecido.
Producida por Martin Scorsese (quien a su vez dirigió el piloto de casi hora y media) y escrita por Terence Winter (responsable de la ya clásica Los Soprano), Boardwalk Empire comienza con una fiesta celebrada el 15 de enero de 1920 en uno de los salones de Atlantic City para recibir el inicio de la Prohibición, o la Ley Seca (que se extendería hasta 1933). Sus protagonistas son Nucky Thompson (Steve Buscemi), su protegido Jimmy Darmody (Michael Pitt), la joven madre irlandesa Kelly Macdonald (Margaret Schroeder) y, entre otros Stephen Graham, que interpreta a un joven Al Capone, todavía un matón de poca monta, o Vincent Piazza, en el papel de un ascendente Lucky Luciano, entonces ladero de Arnold Rothstein (Michael Stuhlbarg).
Scorsese, cuyo estilo mostró siempre su fascinación por la captura de la realidad cruda (al modo de un John Cassavettes) y la maniera más florida, como la de su admirado Michael Powell, para poner un ejemplo; encuentra en el desarrollo de esta serie televisiva —de la que los ejecutivos de HBO ya anunciaron una segunda temporada— el medio ideal: alto estilo (la recreación de una época, como en Pandillas de Nueva York, La edad de la inocencia o Casino) y la cosa cruda de Toro salvaje o Calles de Nueva York. Además, la performance de Buscemi, la aparición de una nueva camada de gángsters que se abren camino en los 20 (Capone, Luciano, el mismo Darmody) favorecidos por la corrupción en torno a la prohibición del alcohol, le permite a Scorsese-Winter no sólo mostrarnos el funcionamiento de la mafia del contrabando y el juego, sino la teatralidad de una nueva especie de hombre público y de criminal, en el que siente el aliento de la Primera Guerra —pero también de la guerra en términos generales— y el desaliento del retorno a casa. Eso, más detalles que el espectador nota casi al pasar, como una orquesta de blancos que ironizan una cortejo fúnebre de una botella de bourbon con las caras pintadas de negro, o unos tipos en la vereda de tablones que llaman a unirse al Ku-Klux-Klan, o el auditorio de damas decentes que invitan a Nucky Thompson a hablar contra el alcohol; esas cosas, decíamos, más las historias individuales de personajes que son siempre —por la ciudad en la que transcurre todo, porque son los años de la inmigración, porque es el fin de la guerra—, quienes cambian sus nombres pero no su lengua —los mafiosos judíos, los contrabandistas polacos, los matones italianos—; bueno, todo eso les permite a Scorsese-Winter hablar o mostrarnos los Estados Unidos, sobre todo porque están hablando-mostrando algo que conocen: la representación, el modo en que una persona se vuelve personaje o una vida se torna novela. Ya cada vez es más frecuente que las series de televisión de nivel, como esta o como Mad Men, la citada Los Soprano o The Wire, por citar unas pocas que comparten dramatismo y calidad, esbocen un panorama histórico que de alguna manera es una lectura de la actualidad —como no puede ser de otra manera—. Boardwalk Empire profundiza esa sensación de lectura con escenas tan lejanas como familiares: la incubadora con vidriera que muestra a bebés de 500 gramos o el modo en que Thompson (Buscemi) se gana el aprecio de sus votantes. Uno siente que algo nace ante sus ojos y se abisma cuando cae en la cuenta de que todo eso nació hace mucho.

Contemporaneidad
Un asunto a desarrollar sería el de la contemporaneidad. Del mismo modo que Mad Men nos vuelve contemporáneos del futuro imaginado en los primeros 60, Boardwalk Empire nos vuelve contemporáneos, por ejemplo, de Edward Hopper, quien pintaba por esos años su serie de cuadros pos-góticos, pre-pop, como se los quiera llamar. Esos cuadros en los que los Estados Unidos hallaron su hito iconográfico, su popularidad y su intimidad, acaso una intimidad pública.