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viernes, 9 de octubre de 2009

zombiópolis > otra vez blade runner, de philip k. dick


la reseña la hice el año pasado en Crítica cuando Edhasa/Nebulae reeditó Blade Runner.

Novela:
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

(Blade Runner)
Philip K. Dick
Traducción de César Terrón
Editorial Edhasa / Nebulae
Barcelona, 2008. 314 páginas


En 1982 Ridley Scott aún era un gran director (había filmado Alien, el octavo pasajero, dos años antes) y se había hecho cargo del guión de David Webb Peoples sobre la novelita ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (que conoceríamos en cine como Blade Runner), de Philip K. Dick. Scott era un gran director porque eligió una puesta en escena que era un agregado a una novela que hoy cumple 40 años y entonces tenía 14, y porque entendió que esa puesta era, a la vez, una relectura cinematográfica de una trama vasta y compleja. Su acierto, ahora que se reedita la novela de Dick, es doble, porque nos permite regresar sobre sus páginas con la vaga noción de aquél argumento y volver a extasiarnos con el universo de Dick, que cuando firmó su texto ya era el escritor consagrado y reconocido por, entre otros, Stanislaw Lem, a partir de El hombre en el castillo, Ubik u Ojo en el cielo.
Así, retornar hoy a este clásico de la ciencia ficción (clásico, entre otras cosas, porque Scott fundó una iconografía sobre el universo de Dick y porque la cinematografía desplegó y popularizó sus tramas a partir de Blade Runner, El vengador del futuro o Minority Report) es también reencontrarse con los “lados B” de Dick, con sus revisiones de George Orwell y de Aldous Huxley a través de sus personajes Amigo Buster (una suerte de Gran Hermano que atiende desde la televisión a unos seres humanos futuros narcotizados por un “órgano” de estados anímicos) y Wilbur Mercer (padre de una religión de la “empatía”, de la entrega y el dolor); con la otra cara del Dick hecho imagen, es decir, con el Dick cuya imagen sólo puede ser un desvío.
La trama del film, con el que muchos se ilusionan que conocen este libro, es sólo la base: unos avanzadísimos “andrillos” (en jerga: androides, según la novela), o unos “replicantes” (según la película), que no difieren en casi nada con los humanos, vuelven a la tierra después de su trabajo en colonias espaciales para que su creador les conceda una extra-vida. Dick Deckard (un cazador de recompensas que trabaja para la policía de Los Ángeles), debe salir a cazarlos.
Pero, a diferencia del film de Scott, Dick nos entrega un mundo desierto, vacío y silencioso, al promediar el hipotético año de 1992. Un mundo en el que los hombres que no quisieron emigrar a las colonias espaciales, o los que no pudieron hacerlo tras ser declarados no aptos intelectual y mentalmente (los “especiales”, según una doctrina de lo políticamente correcto de la que Dick es un precursor) se entregan por un lado a una sociedad narcotizada por la televisión y la tecnología y, por otro, a una tibia religión de restos humanos llamada “mercerismo” (por Wilbur Mercer, su fundador). Tras una guerra terminal que agotó las especies animales, los sobrevivientes en la Tierra cuidan como sumo tesoro un animal, al modo de un Noé degradado, individual y solitario que debe conseguir su ejemplar para abordar un arca desmantelada y gris que no es otra cosa que el mundo.

Biopolítica
Es curioso, pero Philip K. Dick publicó ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? en 1968, el mismo año en que George A. Romero estrenó La noche de los muertos vivos. Cierto, Romero dijo que para su film de lo que hoy conocemos como “zombies” se inspiró en Soy leyenda, la novela de Richard Matheson, sobre un mundo en el que los vampiros reemplazan a los humanos. Pero lo cierto es que ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? también parece fundarse en la hipótesis sobre la que Michel Foucault, ya entrados los 70, señalaría las líneas de la “biopolítica”, en la que la vida y lo viviente son los retos de las nuevas luchas políticas y las nuevas estrategias económicas. Si el protagonista de Soy leyenda debe aniquilar “zombies” para conservar su condición de humano, el de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? debe aniquilar androides. Hoy, que las guerras preventivas y las aniquilaciones prematuras son el gran legado del siglo XX, releer este clásico de Dick es como entrar de nuevo a una clase magistral de historia que comienza con la máxima latina que el mismo Dick cita en su novela: “Muerte cierta, vida incierta” (Mors certa, vita incerta).

Capítulo II, página 31:
Permanecer en la Tierra significaba la posibilidad de ser clasificado en cualquier momento como biológicamente inaceptable, una amenaza contra la herencia prístina de la estirpe humana. Una vez calificado especial, un ciudadano quedaba, aunque aceptara la esterilización, al margen de la historia. Cesaba de pertenecer a la humanidad. Y sin embargo, aquí y allá había personas que se negaban a emigrar: eso constituía una irracionalidad sorprendente incluso para los propios interesados. Lógicamente, todos los normales tenían que haber emigrado ya. Quizás, a pesar de su deformación, la Tierra seguía siendo familiar e interesante.